Soy cazador. Apenas tengo fuerza para levantar la mitad de mi peso, pero soy cazador. Soy cazador y soy valiente. He demostrado mi valor en combates en los que cualquier otro hombre se habría rendido. Las marcas de mi cuerpo y de mi cara son una buena prueba para que el que quiera leerlas. Y también soy resistente.
El sol del llano le susurraba al oído cálidas frases de desánimo y rendición. Le perseguía por los caminos recordándole el frescor de una fuente o una sombra, tentándole con los frutos de los pequeños arbustos que crecen cerca de la senda. Y si al principio fueron susurros, según avanzaba y el polvo se acumulaba en los pies y en sus pulmones, se tornaron gritos y órdenes. Cada gota de sudor era un nuevo aviso, un nuevo golpe de un Dios luminoso cada vez más grande e irritado.
El perro, el compañero, aguanta mirando al suelo, poniendo el corazón en esa lengua que pende como un cordón seco hacia tierra. Si tú aguantas, yo sigo, parece decir levantando el hocico, sin abandonar su cansino caminar.
—Bien, hermano, bien.
Y las huellas estaban ahí. Manchas rojas sobre la arena. Les llevaba ventaja, pero el marrón de las manchas era, paso a paso, más fresco, más reciente, más rojo. Y en ese momento pensó en Dios. Pero el Dios que vio encima de su cabeza era, como él, un ser implacable y sanguinario. Y supo entonces que aquel Dios también era, a su manera, un cazador. Todo se escondía ante él, temiendo despertar su cólera. Parecía que hasta la misma tierra había dejado de respirar. Sólo él permanecía erguido ante su presencia, mirándole a la cara. Incluso su sombra se fue retirando hasta esconderse al fin bajo los pies.
Yo soy cazador y soy valiente, y ni el mismo Dios, con todo su poder, puede hacer que deje de ser lo que soy. Dios está alto y junto a él, volando en círculos, los ángeles negros de la muerte le acompañan. Sonrió. Sí, hoy vosotros también comeréis. Las aves son los únicos animales que no le interesan. Poca carne y mucho esfuerzo.
—Ésos son para ti, hermano halcón.
El sol golpeaba su cabeza como un herrero el metal, aprisionándolo entre el martillo y el yunque, sin dejarle una sombra donde cobijarse o un maldito charco en el que saciar la sed. Pasó la mano por su frente. El polvo se quedaba pegado al sudor. Debía seguir. Sabía que la fiera estaría descansando bajo alguna sombra, lamiéndose la herida. Sabía que debía avanzar, ganar terreno. Acarició el lomo de su compañero. No le miró. No había tregua.
Si yo estoy cansado, si tú estás cansado, ella también lo está y nos tiene miedo. Y está herida, no lo olvides, hermano, la fiera está herida y por lo tanto débil.
Arrojó una piedra fuera del camino y prosiguieron la marcha. La sangre cada vez era más fresca, aunque, también, cada vez había más distancia entre mancha y mancha. La herida se estaba cerrando. Había que darse prisa. Pero llevaba varias horas respirando un aire caliente que no llenaba los pulmones. Sentía la boca seca y pastosa. La lengua y el paladar le recordaban las hojas de las zarzas del camino, rugosas y llenas de polvo. Hacía demasiado tiempo que arrastraba el cansancio por el suelo como una sombra larga y pesada. Pero no prestó atención. No debía hacerlo. El perro levantó el hocico y se tensó. Ya hemos llegado. Está aquí.
—Ya lo sé. Ya lo he visto.
De su cintura desató la honda y con la mano izquierda cogió un guijarro cortante. Señaló al perro el lugar donde debía situarse para guardar ese flanco al tiempo que se ponía el puñal en la boca para cogerlo inmediatamente después de lanzar la piedra y se acercó lentamente.
A cada paso el cansancio parece desaparecer y hasta la boca se humedece de ansiedad. En efecto, ahí está. Diez metros más allá, recostado bajo un arbusto, el animal se lame la herida del primer encuentro.
Debió oler al perro porque de un salto se enderezó gruñendo. Era hermoso. Lo suficientemente grande como para alimentarle durante un buen tiempo. Había que atacar y tenía que hacerlo ahora. Tensó la honda sobre su cabeza describiendo tres o cuatro círculos silbantes con furia al tiempo que el animal adivinaba su presencia y se enfrentaba, terrible, a su enemigo. Lanzó la piedra y acertó en su cabeza en el momento en que emprendía la carrera. El animal pareció tambalearse y retroceder. Entonces, cogiendo el puñal de entre sus dientes, avanzó a su vez saltando sobre él y hundiendo el hierro en su costado. Se revolvió el animal con furia arrojándole contra el arbusto y emprendió la huida, ciego de rabia y dolor, hacia donde estaba el perro. El cazador se enderezó como pudo. Quizás habían pasado unos segundos. La sangre manaba de su hombro izquierdo como de una grieta, pero aún seguía el puñal en la mano y una mancha roja cubría la mitad de su filo. Corrió hacia donde se estaría desarrollando la segunda parte del combate. Se extrañó al no oír ningún ruido y rezó por que la bestia no hubiese matado a su compañero, o tal vez, pero no creyó que fuera posible, por que se hubiese reventado antes de llegar a enfrentarse con él. Cuando llegó, el perro bebía agua en una charca. Los restos de sangre demostraban que había pasado a unos pocos metros de allí. De golpe llegó la calma y el silencio. Sintió entonces el dolor de la herida del hombro y la sed volvió a castigar su paladar. Más allá el llano ofrecía de nuevo refugio a su animal y le pareció que el sol, que tanto les había castigado, sonreía. Con paso lento se acercó al perro, que seguía bebiendo. Sabía que ya no podía hacer frente a aquel nuevo reto. Con la mano izquierda le acarició el lomo y le besó detrás de la oreja.
—¿Tenías sed, eh? Tenías mucha sed. Pues mi gente tiene hambre. ¿Qué harías tú, amigo?.
Allí mismo le mató. De una estocada introdujo el puñal entre sus vísceras. El animal se apartó asustado, pero le sujetó con la mano con que le acariciaba y volvió a clavarlo una y otra vez mientras el perro le mordía en el brazo agarrándose a la vida. Así estuvieron hasta que el animal dejó de moverse. Las sangres se mezclaron en el abrazo y corrieron salvajes hasta el suelo. La charca entera se tiñó de rojo como si fuera la representación misma del fuego y la ira de Dios. Entonces se durmió.
El sol ya estaba bajo cuando despertó. Lentamente se enderezó y contempló a su perro muerto. La cabeza y el hombro le dolían como si estuvieran a punto de reventar, mientras a sus pies yacía el cuerpo que debía alimentarle. Le observó unos instantes. La sangre reseca, convertida en una costra ennegrecida, rodeaba las heridas por las que las moscas se asomaban curiosas a aquellos tajos. Bebió un poco de agua y se limpió la sangre del hombro. Después de sacarle las tripas y las vísceras limpió el puñal y lo guardó en su cintura, junto a la honda. Por fin, cargó al animal sobre los hombros. Estaba herido y cansado y aquel cuerpo le pesaba mucho. Pero yo soy cazador y hoy mi gente estará contenta, pensó, mientras el sol le dirigía una última mirada antes de esconderse detrás de las colinas que cerraban su horizonte. Soy cazador y soy valiente.
miércoles, 12 de marzo de 2014
martes, 4 de marzo de 2014
Golpes de mar
Me gusta pasear por mi barrio. Pasear cada mañana entre paredes desconchadas por el salitre. Caminar bajo sábanas blancas tendidas de lado a lado como redes para recoger el sol. Me gustan los balcones. Tan cerca están unos de otros que casi se puede estrechar la mano del vecino y mantener una charla al atardecer en verano. Me gusta callejear sin rumbo hasta llegar al pequeño parque adornado con piedras en el suelo. Un pozo domina su centro y tres bancos de hierro se acomodan a la sombra morada de las glicinias. Allí me sentaba cada mañana y me dejaba llevar por las voces destempladas de las mujeres tras las ventanas y los vendedores ambulantes que pregonan sus mercancías a gritos. Me sentaba y esperaba pacientemente a que Marcela terminara de servir. Trabajaba en la cocina del único bar alejado del puerto en el que se podía comer por una miseria un plato de sardinas a la plancha acompañadas de un vino peleón y una sopa aguada de puerros con patatas. Cada mañana salía a la plaza con el periódico del día anterior bajo el brazo. Ella lo guardaba para mí y yo simulaba leerlo sólo por verla unos instantes.
—Aquí tiene, Don Sebastián —se sentó sonriendo a mi lado aquella mañana—. No se puede imaginar qué calor hace ahí dentro —se abanicó con la mano.
Observé su generoso escote por el rabillo del ojo y sonreí mientras abría el periódico de par en par.
—Sí. Hoy hace calor —me sumergí en las primeras páginas—. ¿Qué, cómo va todo? ¿Muchos clientes?
—Qué va. Los parroquianos de siempre. Por cierto, ¿sabe que el Manuel no volvió anoche? Vaya desgracia más grande.
—¿Manuel? ¿El de la calle alta? —Marcela afirmó con la cabeza—. Bah —me encogí de hombros. Mis ojos iban indistintamente de sus ojos a su escote y a los labios—. No pasa nada. Volverá.
—Me temo que no —se puso muy seria—. No va a volver.
—¿Por qué, mujer? ¿Qué te hace pensar que se haya hundido? —me asusté—. Se le habrá roto el velamen. Seguro que hoy mismo aparecerá por el muelle.
—Ya le digo yo que no. Ha naufragado. Lo sé —bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Se lo digo yo.
Se hizo el silencio entre nosotros. Un gorrión se posó en el borde del pozo.
—Bueno, lo soñé hace algunos días, pero no se lo dije a nadie.
—Eso son tonterías de vieja, Marcela.
—Pues claro que son tonterías —protestó con amargura—. Pero sabe que nunca han fallado mis intuiciones.
—Ya lo sé, maldita sea —me tomé un instante para respirar—. En cualquier caso no se lo habrás dicho a la María.
—Claro que no —abrió lo ojos con sorpresa—. A nadie. ¿Por quién me toma? La he visto esta mañana corriendo al muelle con los niños. Tenía una cara de susto —murmuró para sí misma. Yo afirmé con la cabeza—. Pero, bueno, oiga, que a lo mejor tiene usted razón y estoy equivocada —intentó sonreír y se levantó del banco—. Algún día tendrá que ocurrir. ¿No? Pues eso. Tengo que volver, que se me va a revolucionar la parroquia. Hala —se alisó la falda con las manos. Expulsó el aire de sus pulmones como si alejara de sí un peso y se encaminó de nuevo hacia el bar—, a seguir bien, Don Sebastián. Cuídese y hasta mañana.
Me despedí con la cabeza y observé como se alejaban aquellas caderas ondulándose como golpes de mar. Suspiré con resignación. Aunque me apetecía esperar por si la veía fugazmente de nuevo y despejaba las ideas de mi cabeza, sabía que tenía cosas importantes que hacer. Me incorporé lentamente, con dolor de huesos. En aquel momento era consciente de que aquellas calles, que por la mañana siempre me parecían bohemias y preparadas para acoger el arte y las vanguardias, en realidad sólo albergan humedad, miseria y enfermedades respiratorias. Sabía por experiencia que los lienzos blancos tendidos al sol de ventana a ventana en verdad más que lienzos preparados para el pincel son mortajas de marineros.
Desanduve el camino cabizbajo con el periódico atrasado bajo el brazo. Saludé con un gesto a los pocos vecinos que me crucé. Al final de la calle estaba la pequeña entrada del lateral de la nave. Era una puerta de madera perfectamente ajustada a un arco de medio punto. Saqué la llave de hierro y la introduje en la cerradura. Me detuve un instante antes de abrir. Pensé en Marcela y en sus premoniciones. Repasé su figura. Su pelo negro, sus ojos, sus labios, sus pechos y sus caderas. Su sonrisa. Me imaginé nadando entre sus piernas y me estremecí. También pensé en Manuel y en María la larga, su mujer. Y en sus hijos. Abrí la puerta y me santigüé. Debía avisar al monaguillo para llamar a misa. Esa mañana tenía mucho por lo que rezar.
jueves, 20 de febrero de 2014
Consejos de semana santa en Teruel
Unas queridísimas amigas me han pedido consejo para un viaje a Teruel.
A morir, sí señor... viaje exótico y aventura rural en uno... El eterno retorno a los orígenes. Sé dónde debéis ir, les he contestado, pero lo que ya no tengo tan claro es que después queráis volver...
Cuestiones previas a tener en cuenta:
1.- ¿Cuánto tiempo vais a estar por allí?
2.- ¿Qué profundidad de conocimiento queréis alcanzar en vuestro proceso de introspección?
3.- ¿Mejor mucho y superficial o poco y a fuego?
4.-¿Sois conscientes de que no es posible tirarse de cabeza a una piscina llena de agua y no salir mojado?
5.-El que suscribe no se hace responsable de las huellas y cicatrices que se guarden en el alma después de una experiencia semejante.
6.- No voy a ser objetivo ni científico. Las cañadas por las que corren los fantasmas de mi familia y que me contó mi abuela a la luz de la chimenea, así como los de mi niñez y mi adolescencia no son comparables con nada. Nada supera a la primera niña que me sonrió cuando tenía diez años.
Bien, dicho esto y aclarado os propongo lo siguiente:
1.- El viaje se ceñirá a la comarca del Maestrazgo. Hay otras, incluso más famosas, pero no son el Maestrazgo.
2.- Debéis elegir un punto central a partir del cual os podáis expandir.
3.- Ese punto puede ser: Cualquiera. Os diría mi pueblo (BERGE), en el que hay una hermosa posada y en el que sé que os tratarán estupendamente. Además de que hay hermosos paisajes que ver. Una bellísima ermita (La Virgen de la Peña) y avanzando por caminos llegar hasta el pinar en el que destaca una hermosa torre defensiva en mitad del bosque (LA TORRE PIQUER, propiedad de mi familia y de la historia de todo el pueblo) (Ver en Youtube). Paisajes duros y agrestes. Pero tienen su incontestable belleza. Además en esas fechas en mi pueblo se celebra desde hace unos años una tamborrada alternativa a la oficial de Semana Santa del Bajo Aragón. Más bonito es, sin duda, el pueblo que está al lado: MOLINOS (pero por Dios no se lo digáis a los de mi pueblo… jeje). Ese os gustará más. Además de que tiene unas cuevas que se pueden visitar. El pueblo es realmente bonito y tiene un barranco espectacular (menos famoso que el de Ronda (mucho menos famoso) pero igualmente espectacular)
4.-A partir de ahí, se inicia la ruta del Maestrazgo propiamente dicha: Pitarque (y el nacimiento del río Pitarque), Villarluengo (y los órganos de Montoro, no, los del Ministro no… más grandes…), Cantavieja, Mirambel (premio al pueblo más bonito de Europa creo que tuvo una vez…, donde se rodo Tierra y Libertad de Ken Loach), Las Cuevas, Iglesuela del Cid… Ejulve (buen jamón, rediela…)
En fin, belleza, dureza, resistencia. A disfrutarlo (y a abrigarse…)
Cuando mi Julia deje de tener alergia nos apuntaremos e iremos a mi casa, con mi gente. Pero hasta entonces solo puedo decir que esto es una mierda.
Salud (nunca mejor dicho)
A morir, sí señor... viaje exótico y aventura rural en uno... El eterno retorno a los orígenes. Sé dónde debéis ir, les he contestado, pero lo que ya no tengo tan claro es que después queráis volver...
Cuestiones previas a tener en cuenta:
1.- ¿Cuánto tiempo vais a estar por allí?
2.- ¿Qué profundidad de conocimiento queréis alcanzar en vuestro proceso de introspección?
3.- ¿Mejor mucho y superficial o poco y a fuego?
4.-¿Sois conscientes de que no es posible tirarse de cabeza a una piscina llena de agua y no salir mojado?
5.-El que suscribe no se hace responsable de las huellas y cicatrices que se guarden en el alma después de una experiencia semejante.
6.- No voy a ser objetivo ni científico. Las cañadas por las que corren los fantasmas de mi familia y que me contó mi abuela a la luz de la chimenea, así como los de mi niñez y mi adolescencia no son comparables con nada. Nada supera a la primera niña que me sonrió cuando tenía diez años.
Bien, dicho esto y aclarado os propongo lo siguiente:
1.- El viaje se ceñirá a la comarca del Maestrazgo. Hay otras, incluso más famosas, pero no son el Maestrazgo.
2.- Debéis elegir un punto central a partir del cual os podáis expandir.
3.- Ese punto puede ser: Cualquiera. Os diría mi pueblo (BERGE), en el que hay una hermosa posada y en el que sé que os tratarán estupendamente. Además de que hay hermosos paisajes que ver. Una bellísima ermita (La Virgen de la Peña) y avanzando por caminos llegar hasta el pinar en el que destaca una hermosa torre defensiva en mitad del bosque (LA TORRE PIQUER, propiedad de mi familia y de la historia de todo el pueblo) (Ver en Youtube). Paisajes duros y agrestes. Pero tienen su incontestable belleza. Además en esas fechas en mi pueblo se celebra desde hace unos años una tamborrada alternativa a la oficial de Semana Santa del Bajo Aragón. Más bonito es, sin duda, el pueblo que está al lado: MOLINOS (pero por Dios no se lo digáis a los de mi pueblo… jeje). Ese os gustará más. Además de que tiene unas cuevas que se pueden visitar. El pueblo es realmente bonito y tiene un barranco espectacular (menos famoso que el de Ronda (mucho menos famoso) pero igualmente espectacular)
4.-A partir de ahí, se inicia la ruta del Maestrazgo propiamente dicha: Pitarque (y el nacimiento del río Pitarque), Villarluengo (y los órganos de Montoro, no, los del Ministro no… más grandes…), Cantavieja, Mirambel (premio al pueblo más bonito de Europa creo que tuvo una vez…, donde se rodo Tierra y Libertad de Ken Loach), Las Cuevas, Iglesuela del Cid… Ejulve (buen jamón, rediela…)
En fin, belleza, dureza, resistencia. A disfrutarlo (y a abrigarse…)
Cuando mi Julia deje de tener alergia nos apuntaremos e iremos a mi casa, con mi gente. Pero hasta entonces solo puedo decir que esto es una mierda.
Salud (nunca mejor dicho)
domingo, 2 de febrero de 2014
Ya nada será nunca igual
Se adentró en el bosque sin dudar. Cogió el libro y lo guardó entre sus ropas. Abrió la puerta con cuidado y salió al camino, cubriéndose la tonsura con la capucha del hábito. No dijo nada a sus hermanos ni al abad. Tenía una misión que cumplir. Quizás algún hermano observó su huida desde el campanario y dibujó la señal de la cruz en el aire. Cuando llegó a la última curva tras la que el monasterio desaparecía de la vista, se giró y contempló los altos muros del claustro. Se santiguó y se adentró en el bosque. No sabía cuánto tardaría en salir al otro lado, nunca antes había recorrido aquel camino, pero sabía que tenía que hacerlo. Los árboles eran altos como las iglesias más altas y el sol caía en vertical iluminando el camino. Unos pocos metros más allá, en cambio, la oscuridad era casi absoluta. El monje se giró varias veces e incluso detuvo sus pasos para escuchar. Permanecía quieto, atento a cualquier ruido por si le seguían. Pronto se convenció de que nadie le había visto salir. Para cuando echaran de menos el libro ya sería tarde. Ya habría llegado adonde debía ir. Y cuando mostrara al mundo lo que había descubierto ya nada volvería a ser igual. Se sentó un instante a descansar. Descubrió su cabeza y se secó el sudor con la manga. Desató la calabaza que llevaba atada al cordón del hábito y bebió un trago de agua. Algo se movió entonces entre los arbustos. Se levantó de un salto y la calabaza y el libro cayeron al suelo mientras él buscaba algo para defenderse.
–¿Quién está ahí? –gritó.
Nadie respondió. Cogió una piedra y la lanzó hacia los matorrales. Un instante después saltó un ciervo y desapareció entre la espesura sin hacer ruido alguno. El monje respiró. Lamentó no haber tenido la precaución de proveerse de un cuchillo. Se santiguó y se agachó a recoger el libro. El agua de la calabaza había mojado algunas hojas. Las secó con cuidado con la manga. Después lo guardó de nuevo entre los pliegues del sayo. Recogió la calabaza vacía, la anudó al cordón y retomó el camino. Estuvo andando durante horas. El bosque parecía interminable. Entonces, y casi por sorpresa, se dio cuenta de que pronto se iría el sol. Y supo que con la oscuridad vendrían otros temores. ¿Y si no consigo cruzar el bosque a tiempo? ¿Y si me pierdo? Aceleró el paso. De nuevo escuchó ruidos fuera del camino. El fraile se detuvo. Cogió una piedra y la lanzó contra la oscuridad.
–Lárgate de aquí maldita bestia.
El silencio del bosque respondió a la piedra. Siguió andando sin reducir la velocidad
–¿Qué hace un hermano tan lejos de todas partes? –escuchó entonces de detrás de los árboles.
El fraile se detuvo de nuevo. De entre los faldones sacó el libro y se cubrió el pecho con él.
–¿Quiénes sois? Mostraos a la luz.
De detrás de los árboles surgieron tres hombres con harapos y capas raídas.
–No tengo nada, hermanos –se asustó el monje–. Soy tan pobre como vosotros.
–¿Y eso? –se acercaron a él y señalaron el libro.
–¿Esto? –se extrañó–. Sólo es un libro. Un libro santo –apostilló justo antes de que el que parecía dirigirles se lo quitara de las manos con un tirón–. No. Es un libro santo –intentó recuperarlo.
–Quita –le empujó un segundo hombre, mientras el tercero le ponía un cuchillo en el cuello desde detrás.
–¿Qué hacemos con él? –preguntó.
El jefe observaba el libro.
–¿Cuál es el secreto que esconde? ¿Qué hace aquí un monje solo con este libro?
–Es un libro sagrado. Por favor –suplicó–, no le hagáis daño.
–¿Daño? Sería estúpido –se rió–. Nos servirá para encender el fuego en los días húmedos, ¿verdad? –se rieron los tres.
–No –se liberó del que le tenía sujeto y se abalanzó sobre el que tenía el libro–. Dámelo.
El del libro lo soltó y casi a la vez cogió al monje por el cuello. Un segundo después le clavó el cuchillo en el estómago.
–Vosotros –balbuceó mientras seguía sujeto por el que le había apuñalado–, vosotros… no entendéis… –cayó al suelo– El mundo debe saber...
El bosque se quedó en silencio.
–Mirad a ver si tiene algo de valor y vámonos –le quitó el libro de las manos y lo abrió –. No está mal el librito. Tiene colores. A mi hijo le gustará.
Pink Martini - Hang on little tomato
Bajé las escaleras sumergiéndome en una nube clandestina de humo. No pude evitar una mueca de desagrado e inmediatamente tomé una decisión. Ese era el sitio y el momento. Me apoyé en la barra del garito y pedí un whisky con agua. Me giré y observé a la mujer que arrastraba la voz por el escenario junto al piano, la batería desvencijada, la guitarra y el clarinete. A sus pies dos parejas abrazadas se sostenían dando vueltas en una lenta ruleta infinita. Calculé mentalmente mientras acercaba mi mano al bulto de mi axila: doce balas. Suficientes. Además del grupo y las parejas bailarinas también estaban el barman con un puro encendido en los labios y la rubia de la esquina. Desde que me vio descender por las escaleras no me había quitado los ojos de encima. Incluso me pareció verla sonreír. Me temo que no voy a tener más remedio que matarla a ella también, pensé con una sonrisa. Aunque primero creo que la invitaré a un trago. Sería una lástima no poder disfrutar de esos ojos antes de que tenga que apagarlos definitivamente. Eh, Jack, amigo, pregúntale a la rubia si quiere tomar algo. Y después dime qué te debo. No me gusta dejar nada a deber. Sonrió sin quitarse el puro de los labios y se alejó para transmitir mi oferta a la rubia. De nuevo volví a tener la sensación de asco en el estómago. Desde luego, no soporto que la gente fume...
Me encanta este grupo...
Me encanta este grupo...
La bicicleta
-Regálame tu bicicleta.
-¿Qué?
-Regálame tu bicicleta –repitió sin inmutarse.
-¿Y por qué?-Porque soy una princesa.
Cuando Alicia llegó al pueblo nadie le prestó atención. Era una niña gorda que se entretenía jugando sola y cuidando las flores de los tiestos de su madre.
El día en que Alejandro la vio por primera vez la observó con curiosidad. Ella se dirigía hacia el bar a comprar un helado. Después se sentó en el banco de la plaza y empezó a saborearlo poco a poco. Alejandro, montado en su bicicleta se acercó.
-Hola. Forastera, ¿sabes que tengo un amigo que está muy enfermo? –le dijo sin bajarse de la bicicleta.
-No lo sabía, lo siento.
-Es igual, no le conoces.
De la misma forma en que se había acercado, se alejó, subiendo la cuesta que llevaba a la iglesia. Sus amigos le estarían esperando allí para ir a matar gorriones.
Algunos días después, Alicia volvió a salir a la plaza y se sentó en el mismo banco. Alejandro se acercó de nuevo.
-Hola. ¿Cómo te llamas? –le preguntó.
-Regálame tu bicicleta.
-¿Y por qué?
-Porque soy una princesa.
Alejandro se rió y comenzó a dar vueltas alrededor del banco.
-Tú estás loca. Esta bicicleta es mía, me la han regalado a mi y no te la doy. Además, no eres una princesa. No eres más que una niña tonta.
Alicia le miró en silencio y, mientras caía una lagrima de sus ojos verdes, le repitió en voz baja que sí era una princesa. Se levantó y marchó hacia su casa con paso lento. Él, mientras daba vueltas alrededor del banco, se reía cada vez más fuerte para que ella le oyera. Cuando ya no pudo oírle, Alejandro volvió a dirigirse hacia la plaza de la iglesia, pensando que esa niña era más tonta de lo que se había imaginado.
Cuando, otro día, volvió a verla sentada en la plaza jugando con unas muñecas, de nuevo se acercó. Ella apenas le miró. Siguió jugando.
-Hola, princesa –bromeó.
-Ríete si quieres, pero sí soy una princesa.
-¿Ah, sí? ¿Y cuál es tu reino?
-Mi casa. Eso dice siempre mi papá. Y la reina es mi mamá.
-Bah! Todos los padres dicen lo mismo.
-Bueno. Si tu lo dices –ella siguió jugando con su muñeca.
En el silencio sólo se escuchaba el rozamiento de la cadena con los piñones que Alejandro provocaba al hacer girar los pedales hacia atrás. La contemplaba con simpatía. Tenía el pelo rubio trenzado en dos coletas que terminaban en dos lazos rojos.
-Bueno, si quieres, te la dejo un rato.
Alicia abrió enormemente los ojos verdes y sonrió.
-¿Me la das?
-No. Te la dejo un rato.
Alicia se subió temerosa y fue dando tumbos alrededor de los distintos bancos de la plaza. Alejandro la observaba con miedo a que se cayera y arañara su bicicleta. Pero pronto fue cogiendo seguridad. Una vez que lo consiguió, le pidió permiso para ir a enseñársela a sus padres. Alejandro observó cómo Alicia subía la cuesta con dificultad mientras su alegría iluminaba la calle entera. Luego buscó en el suelo algo con lo que entretenerse. Había por allí unas chapas y, juntando las manos con las palmas sobre el suelo, dibujó sobre la arena una carretera para sus corredores de metal. Se entretuvo así durante varias horas, mientras Alicia daba vueltas y más vueltas. A veces se alejaba hasta la fuente. Pero volvía y, aunque estaba empapada de sudor, seguía sonriendo.
Poco a poco Alejandro se acostumbró a no montar en su bicicleta. Se contentaba con verla sonreír y se dedicaba a jugar a las chapas o con muñecos que preparaba en casa cada día y llevaba en una bolsa con la bicicleta. Ella se subía con cuidado y se paseaba por el pueblo como una reina. Sí, pensó Alejandro, es realmente una princesa. Y no le importó que sus amigos se rieran de él. Pronto sintió como la burla dio paso a la envidia. Sus amigos cada vez pasaban con mayor asiduidad por la plaza. Pese a que allí estaba el bar y sabían que si sus padres les veían cuando salían de jugar la partida de la tarde corrían el riesgo de que les mandaran trabajo. A veces se acercaban para hablar con él y poco a poco también con ella. Alguno le ofreció su propia bicicleta, pero ella seguía prefiriendo la de Alejandro. Ya era su bicicleta. Sí, volvió a pensar, es realmente una princesa. Es mi princesa.
Luego abandonaron la plaza y durante muchos días se fueron de excursión por la carretera hasta la ermita. Mientras ella hablaba de las flores de su madre subida en la bicicleta, Alejandro la escuchaba y se entretenía tirando piedras al barranco. Las veía rebotar de una pared a otra hasta que llegaban a la arena del lecho del río que discurría plácidamente a sus pies. Un anochecer, cuando volvían a casa, Alicia le tomó de la mano.
-Un día nos casaremos y serás mi señor rey.
-Sí. Y tu serás mi señora reina.
Sin embargo, Alejandro ya se sentía rey.
Estaba mediada la mañana cuando Alejandro subió a la ermita. Alicia le esperaba junto a la puerta de madera. Pero ese día no corrió a coger la bicicleta. Permaneció sentada.
-Alejandro, me voy –le dijo con tristeza.
-¿Cómo que te vas?
-Me voy. Mis papás dicen que ya se ha terminado el verano.
-No puede ser. Aún faltan unos días. Y así podrás seguir jugando con la bicicleta.
-Sí, es muy bonita, pero –se encogió de hombros-, la verdad es que ya me aburre un poco. Además, tengo que empezar un nuevo curso.
-¿Volverás el año que viene? –preguntó temeroso.
-No creo. Mis papás dicen que el año que viene iremos a otro sitio, que hay muchas cosas nuevas que conocer.
-¿Pero, y yo?
-No sé. Lo siento.
Por la cuesta subía el coche azul oscuro de los padres de Alicia. Se detuvo un instante frente a ellos. La madre de Alicia le sonrió dulcemente, mientras ella le daba un beso de despedida. Después subió al coche, en el asiento de atrás. Rugió el motor y emprendió veloz el camino que lo alejaba de aquella ermita. Alejandro observó como el coche se iba perdiendo de vista. En vano esperó que ella se girara y mirara hacia atrás. Sólo vio las coletas rubias con lazos rojos. Tal vez lo hiciera después de la curva en la que terminaba la carretera.
Alejandro volvió a montar en la bicicleta. Dio lentamente dos vueltas sobre el mismo sitio y se bajó. Con un gesto de rabia tiró la bicicleta por el barranco. No se detuvo a verla rebotar en las paredes. No la vio detenerse con un estruendo en la arena del río, ni vio como las ruedas giraban muertas en el aire, ni el guardabarros retorcido. Tampoco vio el manillar que emergía del agua como un periscopio desencajado. Ya había emprendido el camino de regreso al pueblo, con las manos en los bolsillos y los calcetines bajados hasta los tobillos. Cuando llegó a la plaza vio a sus amigos eligiendo equipos para un partido de fútbol.
-Nos falta uno. ¿Quieres jugar?
Alejandro miró al balón y escupió al suelo.
MATEO
Soy viejo. Soy muy viejo. En mi vida he abierto caminos que no estaban escritos para mi y he vivido vidas que no me correspondían. He pasado hambre y he vencido enfermedades. Cuántas más mujeres he amado, más me he hundido en la soledad y apenas he conseguido disfrutar de la paternidad durante un instante. Y aunque bebí de la copa del olvido confieso que nunca alcancé mi propósito. Y millones de veces he revivido aquellos instantes que me han traído hasta aquí. Aquel día en que desperté con mi familia arrodillada a mi alrededor. Me miraban con los ojos enrojecidos de piedad y, sin embargo, pese a su alegría, una sombra de miedo les envolvía. Pronto comprendí que ya no tenía sitio allí. Nadie me dijo nada, en verdad. Ni siquiera lo insinuaron. Pero veía en sus manos tímidas y en el silencio repentino y cabizbajo que se producía en cuanto volvía a casa que debía marchar. No, no fui expulsado de mi aldea, como alguno ha podido imaginar. Y, sin embargo, lo cierto es que nadie salió a despedirme el día en que me dirigí hacia el camino. Pude sentir la presencia de mis vecinos tras las cortinas y las puertas. Pude oír el silencio del temor. Ni los perros ladraron. Sólo Esther, mi prima, mi esposa, la llamada a ser madre de mis hijos, salió a la calle a despedirme y me entregó un hatillo con un poco de queso y pan. No levantó la mirada del polvo de sus sandalias y se estremeció cuando mis manos rozaron las suyas. ¿Lloraba? No lo sé. Ni siquiera creo que ella lo supiera. ¿Pueden convivir el dolor y el alivio en el mismo instante? Desde ese momento supe que sí. Me deseó buena suerte y volvió a la plácida oscuridad de la casa. Y así, en el polvoriento silencio de mi casa y mi pueblo, fue como comenzó mi viaje hasta el día de hoy.
Anduve por los caminos durante algún tiempo, escondiéndome de los pastores o los viajeros por miedo a ser reconocido. A menudo dormía por el día en cualquier rincón a cubierto y caminaba por la noche rezando para no ser asaltado por algún proscrito desesperado o por algún demonio de los que habitan los caminos y desiertos. Así viví mientras tuve algo del pan y el queso de mi prima querida. Para cuando se terminaron ya había rodeado las aldeas y pueblos más cercanos a mi casa. Decidí entrar en el siguiente pueblo que apareciera en mi camino. Debía conseguir alimento para poder continuar el viaje. Una vez en él, haría lo que tantas veces había visto hacer a los caminantes. Me acercaría al templo y allí esperaría algo de caridad o un trabajo que me permitiera alimentarme. Tiempo atrás, cuando mi vida era la de un hombre normal, había conocido dos formas distintas de ejercer la mendicidad. Los que pedían limosna a todos aquellos con los que se cruzaban en su camino y los que simplemente callaban. Éstos siempre me habían llamado la atención. En ocasiones había llegado a entablar conversación con alguno de ellos. Les preguntaba su nombre y de dónde venían y así, después de que me informaran de los milagros y maravillas que había más allá de la aldea, les dejaba en la mano alguna moneda o, incluso, si eran sabios, les invitaba a comer a mi mesa y les daba alojamiento por una noche. Decidí que eso era lo que iba a hacer. Era mediodía cuando me adentré por las primeras calles del pueblo. En la plaza había un grupo de ancianos que guardó silencio en cuanto aparecí. Me acerqué a la puerta del templo seguido por la mirada de aquellos hombres y me senté sin levantar la vista del suelo. Debía llevar varias horas en aquella posición cuando, por el mismo camino que yo había seguido antes, apareció un hombre montado sobre un asno. Se detuvo junto al grupo de ancianos y estuvo un rato charlando y riendo con ellos. Luego, sin bajarse del asno se acercó hacia mi. Levanté la vista, pero no sonreí. Aquel hombre tampoco. Permaneció unos segundos en silencio, observándome.
-¿Puedes trabajar?
-Puedo.
-Entonces, sígueme.
Arreó a la bestia y siguió su camino conmigo detrás.
Así fue como me convertí en pastor de ovejas. Vivía con ellas y dormía con ellas, pero a cambio no me faltaba comida, queso y leche. Cuando un día me preguntó mi nombre no lo dudé.
-Mateo. Mateo me llaman.
-Está bien, Mateo. Estoy contento contigo. A partir de hoy puedes dormir en casa.
A partir de ese día viví en su casa. Durante ese tiempo las ovejas parían corderos y éstos a su vez parían nuevos corderos y el rebaño crecía sin parar. También crecieron los hijos del amo y pronto dejaron de ser niños. Eran tres y los tres empezaron a trabajar como pastores. Yo les enseñé a dominar a los perros y a guiar al rebaño cuando había que salir. También les enseñé cómo protegerlo en los días de tormenta o cómo buscar el mejor pasto en tiempos de sequía. Les enseñé a trasquilar la lana en verano y a ayudar en los partos difíciles. Y también creció Raquel.
Fueron años como no se habían conocido en aquel pueblo. Fue tal la abundancia que el amo llegó a convertirse en un hombre rico. El rebaño seguía aumentando y no por ello faltaba pasto para alimentarlo. Llegó a tener el mayor número de cabezas de ganado de la comarca. Pero además tenía a Raquel. Y con su riqueza aparecieron también los pretendientes. Las familias más poderosas ofrecieron a sus hijos para Raquel. Pero ella los rechazó uno tras otro. Aún hoy no puedo evitar estremecerme cuando recuerdo su mirada clavada en mi nuca mientras sus hermanos y yo sacábamos a los perros para dar inicio al interminable desfile de ovejas. O cuando, una noche, sentados todos los hombres a la mesa, el amo la reprendió por haber rechazado al hijo del jefe de la comunidad. Ella permaneció de pie, en silencio, mientras su padre se lamentaba. Una vez que hubo terminado, clavó sus bellos ojos en mi.
-Padre, sólo me casaré con Mateo.
Se hizo un silencio que me recordó la salida de mi pueblo. Yo la miraba con una mezcla de falsa sorpresa y un orgullo infinito. ¿Acaso no lo había intuido todo en sus silencios cuando nos acompañaba hasta el río?
-¿Mateo? ¡Pero si casi es de la familia! Además, con esta boda no ganaríamos nada. Además, casi tiene mi edad. Tu apenas habías nacido cuando él ya estaba aquí.
-¿Y qué?
Durante ese tiempo ninguno de los dos apartó la mirada de los ojos del otro. Y nos casamos en sábado. Ese día hubo matanza y comimos el mejor cordero, y bebimos el mejor vino y mis cuñados me abrazaron como a su hermano y sus padres me besaron tres veces, y bailamos todos juntos hasta el anochecer. Luego ya en la habitación Raquel y yo nos amamos con un amor eterno. De aquella unión nacieron Samuel y Jacob. Pero yo aún no había comprendido.
Pasó el tiempo y mis cuñados también se casaron y también tuvieron hijos varones. Pero un día, no sabría decir en qué momento, mis cuñados me miraron por primera vez en silencio. Poco antes o después, poco importa, fueron el amo, mi suegro, y el ama, mi suegra, los que me observaron en silencio. Las ganancias seguían aumentando y nuestros hijos estaban sanos, pero cuando nos sentábamos alrededor de la mesa ya no había alegría, ni jolgorios ni comentarios sobre lo que ocurría a nuestros vecinos. Sólo silencio. Eran tiempos de una abundancia extraordinaria y sobre la mesa sólo había silencio. Silencio sólo roto por las risas y juegos de mis hijos y sus primos en una pequeña mesa cercana a la nuestra. Raquel también callaba, pero me veía reflejado en su mirada.
Algún tiempo después el silencio se extendió al pueblo entero. Las mujeres sujetaban a sus hijos en cuanto me veían aparecer por la calle y los metían en sus casas cerrando la puerta por dentro. Nadie me acusó nunca de nada. Nadie lo ha hecho jamás. Pero tenían miedo.
Una tarde, mientras descansábamos Raquel y yo, tumbados en la rivera del río, la observé con detenimiento. Era hermosa, pero parecía cansada. Más allá, junto al camino, Samuel y Jacob se peleaban con un mulo para hacerlo andar. Y se peleaban ya como hombres. Nada hay más grato para un hombre que ver llegar a sus hijos a la edad adulta. Me sonreí satisfecho y me acerqué al agua.
Entonces los comprendí, lo comprendí todo. Con desesperación comprendí los silencios, comprendí los miedos, incluso comprendí los largos años de abundancia. Todo tenía explicación. Aquella noche hablé con Raquel. Le conté todo. Le confesé todo. Hasta lo inconfesable. Pero no pude hallar explicación al sufrimiento de una esposa que debe perder a su marido vivo para que sus hijos y hermanos puedan vivir en paz, para que ella pueda vivir en paz.
De nuevo el silencio me acompañó aquel amanecer mientras abandonaba por segunda vez mi casa. Pero esta vez mi esposa, Raquel, me acompañó hasta donde el pueblo desaparecía a la vista. Me entregó el hatillo que había preparado con sus manos y me abrazó. Me abrazó con toda la fuerza que da el dolor de no poder separarse de sus propios hijos, de nuestros hijos. Nos besamos por última vez y, reteniendo en la memoria su súplica de que nunca les olvidara, me alejé por el camino levemente iluminado por el sol.
Desde entonces no he dejado de caminar. He visto las fuentes del Nilo y las montañas nevadas de oriente y sus océanos, y también los de occidente. Y he conocido las tierras de los hombres rubios y las de las mujeres de ojos rasgados. Pero nunca he podido olvidar aquel día en que junto a mi esposa, en el río, quise mojarme los labios, o quizás beber un trago, no lo sé. Pero allí estaba yo, reflejado en el agua, con apenas unos años más que mis propios hijos. Con menor edad incluso que mi propia esposa. ¡A la que vi dar sus primeros pasos! Y hoy, mientras sigo vagando por la tierra, pienso en la muerte como en ese descanso al que no tengo derecho. Y si me preguntáis cuál es mi nombre os diré que mi nombre es Mateo, es Isaac, es Daniel y también es Efrain. Pero cuando era niño, cuando jugaba con mis hermanos entre las higueras del huerto, mis padres y mi prima me llamaban Lázaro.
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